Reduje el paso y, de pronto, escuché voces provenientes de la sala.
Esa voz aguda, llena de ira, era inconfundible: Isabela, mi nuera.
Me detuve con la mano aferrada a la correa del bolso.
Una frase helada, como una cuchilla cortando el aire, me atravesó el corazón:
—Tu madre obesa me da asco.
Y tú también. Inútil.
Me quedé inmóvil, con la respiración atrapada en la garganta.
Esas palabras, como piedras pesadas, me aplastaban el pecho, dejándome casi sin poder moverme.
Miré por la rendija de la puerta y vi a Isabela de pie, con los brazos cruzados, altiva en un vestido ajustado con el logo de Gucci.
Su mirada era gélida, sin una pizca de compasión.
Cada palabra suya era como una daga afilada que cortaba el aire.
A Mateo.