Un amor que nunca falla, nunca se va y nunca se rinde

El amor de Jesús por nosotros es ilimitado, paciente y profundamente personal. Es un amor que no depende de nuestras acciones, de nuestro pasado ni de nuestros errores, sino que existe simplemente porque somos importantes para Dios. A lo largo de su vida, Jesús mostró constantemente este amor en la manera en que trataba a las personas, especialmente a quienes se sentían olvidados o indignos. Pasó tiempo con los pobres, los enfermos, los pecadores y los quebrantados, ofreciéndoles compasión en lugar de juicio y esperanza en lugar de vergüenza. Escuchó el dolor de las personas, sanó sus heridas y les recordó que nunca estaban abandonadas. Sus enseñanzas estaban basadas en el amor: amor a Dios y amor a los demás, fomentando el perdón, la humildad, la paciencia y la bondad incluso en los momentos difíciles.

Lo que hace que el amor de Jesús sea aún más poderoso es que se manifestó a través del sacrificio. Eligió sufrir para que otros pudieran ser salvados, mostrando que el verdadero amor es desinteresado y está dispuesto a soportar el dolor por el bien de los demás. Incluso al enfrentar la traición, el rechazo y el sufrimiento, respondió con misericordia, orando por el perdón de quienes le hicieron daño. Este tipo de amor va más allá de la comprensión humana, porque no desaparece cuando las cosas se vuelven difíciles. El amor de Jesús sigue llegando a las personas hoy, ofreciendo consuelo en momentos de soledad, fortaleza en tiempos de debilidad y esperanza cuando todo parece perdido. Nos recuerda que, sin importar cuán lejos nos sintamos de Dios o cuán pesadas sean nuestras cargas, siempre somos amados, siempre valorados y siempre invitados a comenzar de nuevo.

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